Ruta del Paseo del Prado a Colón: Secretos de Velázquez, el héroe Blas de Lezo y la verdadera Cibeles

¿Sabías que el Paseo del Prado lo concibió Carlos III como un circo romano para carreras de cuadrigas? ¿O que el rey Jorge II de Inglaterra mandó acuñar monedas celebrando una victoria contra Blas de Lezo… antes de sufrir una derrota? En esta ruta desde la plaza de Colón hasta el Jardín Botánico, David Botello desempolva la verdadera historia del «Mediohombre», los dramas de alcoba de la realeza borbónica y el misterio oculto en el pecho de Velázquez en Las Meninas. ¡Dale al play!

David Botello presentando el programa El Punto sobre la Historia en la ruta del Paseo del Prado de Madrid.

1. Jardines del Descubrimiento

Estamos en los Jardines del Descubrimiento.
Bueno, descubrimiento, descubrimiento… Suena a que Colón estaba de jurado en un Talent Show. Sería mejor llamarlo Jardines del Hallazgo. Total, él ni sabía qué había descubierto.
Hombre, hallazgo, hallazgo…… no sé… mejor llamarlo Jardines del Encuentro de culturas.
Ya, pero, encuentro, encuentro… fue más atropello, invasión… Definitivamente, es mejor llamarlo Jardines de la Conquista.
Aunque, conquista, conquista… también hubo mucho intercambio… de cultura… de gentes… de genes… Llamémosle Jardines del Mestizaje Hispanoamericano.
No. Mestizaje, no. Usurpación. Jardines de la Usurpación.
No. Usurpación, no. Colonización. Jardines de la Colonización.
No, Jardines del 12 de octubre de 1492.
Esa fecha es eurocentrista y no respeta la sensibilidad de los nativos. ¡Lo tengo! Jardines de la viruela. Si no es por el virus, no los conquistamos / descubrimos / colonizamos ni de broma.
¿No te suena mal lo de la viruela?
Fatal.
¡Jo! Qué difícil es esto…
Nos hemos metido en un jardín. Bueno, en muchos jardines… en los Jardines del Descubrimiento.

2. Estatua de Colón

Si hiciésemos un ranking de Historia Universal, la gesta de Colón, se llame como se llame lo que hizo, ocuparía por paliza todos los lugares del top ten.
Colón da nombre a Colombia. Los Estados Unidos estuvieron pensando en llamarse Columbine. La Universidad de Nueva York se llama Columbia… Colón tiene homenajes por todo el mundo. ¿Todo? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles hispanos resiste todavía. Bueno, resistió durante casi cuatrocientos años. Porque hasta 1888, a cuatro años del cuarto centenario, cuando en España llevábamos casi cuatro siglos sacando pecho de lo de América, Colón no tenía aquí ni siquiera una estatua.
Esta de Madrid iba a ser un regalo de boda de la nobleza para Alfonso XII. Se casaba con María de las Mercedes, la de Dónde vas Alfonso XII. Pero no dio tiempo a terminarla. Y, encima, Mercedes va y se muere. Total, que lo dejan para más adelante. En concreto, un más adelante muy más adelante. Porque Alfonso XII se casa de nuevo y tampoco llegan a tiempo para esta boda. Y cuando ya lo tienen todo listo para presentar la estatua… va y se muere Alfonso XII.
Con el rey muerto ¿pa`qué quieres tú inaugurar nada? Inaugurar para nada es tontería. Ya si eso lo dejamos para el cuarto centenario. Y en un giro inesperado de los acontecimientos, llegan los catalanes y ¡Zas! Exposición Universal de Barcelona de 1888, y el Colón de las Ramblas nos adelanta por la derecha. Por lo menos el bronce del Colón de Barcelona fue donado por el pueblo de Madrid. Algo es algo.
Y entonces sí. El 12 de octubre de 1892, para celebrar el cuarto centenario del Descub… de lo de Colón, se inauguró la estatua. Cuando el imperio que había dado a luz cuatrocientos años antes hacía aguas por todas partes, Colón tuvo, por fin, su estatua en Madrid. Y, ahora, vamos al lío.

3. La historia de Colón

Si os fijáis en la estatua, Colón sostiene con la diestra la bandera de Castilla. Diga lo que diga la tradición, Colón no sabía todavía lo que era España. A él le había pagado la fiesta la reina castellana, y, cuando llegó al Caribe, la bandera que plantó fue la de Castilla.
La gesta americana fue castellana, financiada por castellanos y hecha por castellanos. Es más, los aragoneses (catalanes incluidos) no pintaban nada en todo este asunto. Entre otras cosas, porque los castellanos no querían repartir el pastel con el reino vecino.
Y ahora, si tienen la bondad de mirar al lado Este del pedestal, verán que, cuando Colón llega a Castilla, conoce a los frailes de La Rábida. Pueden leer sus nombres en las cartelas superiores. Los frailes le presentan a Diego de Deza, un tipo importante que le ayuda a llegar hasta la católica Isabel. Aquí vemos al almirante señalando un punto en un globo terráqueo y comiéndole la oreja al Sr. Deza.
Si ahora tienen la bondad de dirigirse al Oeste del pedestal, verán a Colón charlando con la católica Isabel. Unos aseguran que es el momento en que la reina se ofrece a empeñar sus joyas para pagar la empresa de Colón. Pudiera ser, pero, como no se ven joyas por ningún lado, a lo mejor, sencillamente, es el momento en que Colón convence a la reina de que le financie el proyecto. Quién sabe.
En el fondo Sur, podemos leer los nombres de los barcos que partieron rumbo a lo desconocido: la Pinta, la Niña y la Santa María, con la lista de la tripulación completa. Sobre ellos, alzada en pedestal y con niño a los brazos, la Virgen del Pilar nos recuerda el día del Descubrim… eh… bueno, nos recuerda que Colón llegó a América el día del Pilar.
Y, en el fondo Norte, una carabela, un globo terráqueo y una frase: “A CASTILLA Y A LEÓN / NUEVO MUNDO / DIÓ COLÓN». A Castilla y a León. Ha quedado claro, ¿verdad? Pues eso.
En el marco de todas las imágenes, podemos ver el yugo y la flecha, símbolos de Isabel y Fernando, tanto monta, monta tanto.

4. Blas de Lezo

Y si la gesta de Colón encabeza el ranking de grandes proezas de la Historia, este tipo tuerto, manco y con pata de palo encabeza el de los grandes héroes olvidados. Si se llamase John o Peter, estaríamos hartos de ver su vida en el cine. Pero como se llama Blas, aquí ni siquiera sabemos por qué le han puesto una estatua. Y, ¿qué hizo nuestro amigo Blas para hacerse merecedor de nuestra atención?
Punteros y punteras, nuestra Historia la han escrito los ingleses, y la gesta de “Blas el de la Estatua” nos va a servir para desenmascararles. A todos nos suena lo de la Armada Invencible. 150 barcos, una tormenta y una derrota. Sin embargo, no sabemos nada de la Armada Invencible del rey Jorge II de Inglaterra contra Cartagena de Indias. 180 barcos, más de 100 000 marineros y muchas ganas de hincarle el diente al imperio español.
Por eso hemos quedado con David Zurdo, escritor, guionista y periodista, para que nos cuente qué ocurrió en Cartagena de Indias durante la Guerra de la Oreja de Jenkins.
Blas, al que los ingleses llaman Mediohombre, tenía que defender Cartagena con 3 barcos, 600 soldados asustados, un puñado de voluntarios y las ideas muy claras. Vernon, que era el inglés que dirigía el cotarro invencible, pensó que aquello lo iba a resolver en dos patás. La suerte le sonrió en los primeros compases de la batalla, cuando Vernon capturó el barco del amigo Blas y lo mandó a Londres diciendo que habían tomado Cartagena.
En Inglaterra, Jorge II celebró la victoria durante una semana y, ay, amigos, emitió esta moneda conmemorativa que decía: “El orgullo español, humillado por el Almirante Vernon”. Como slogan no está mal. Lo que pasa es que todavía no habían ganado. Vernon no contaba con la estrategia, la maestría y el coraje de Blas y sus hombres.
Con los ingleses a un paso la ciudad, Blas vio claro que su única opción era aguantar, meter caña y esperar. Sabía que los ingleses no estaban preparados para las enfermedades tropicales. Y eso hizo. Echó el cerrojazo a Cartagena, jugó magistralmente con el factor sorpresa y cruzó los dedos para que los mosquitos hicieran el resto.
El resultado fue, por resumir, que los 100 000 ingleses no sabían por donde les venían los palos. Cuando no era un ataque sorpresa era una defensa brillante o un enfermo de malaria.
Vernon hizo un último ataque a la desesperada, con más oficio que fe en la victoria. Blas y sus hombres lo rechazaron con una estrategia defensiva magistral. Y Vernon hizo el petate y salió por patas de allí.
Los supervivientes de la catástrofe de Cartagena de Indias fueron llegando con cuentagotas a las costas inglesas. Cuando el rey Jorge se enteró del ridículo que habían hecho, escondió la monedita y prohibió que los libros de Historia hablaran del tema.
En España la cosa fue más sangrante, como siempre. Blas tenía un jefe, el virrey Eslava, que, como suele ocurrir, era un mediocre colocado a dedo que hizo lo que hacen los mediocres: ponerle a parir ante su jefe, el rey Felipe V, para ver si, con el jaleo, se podía colgar él la medalla que se merecía Blas.
Como al rey le llegaban noticias contradictorias desde Cartagena, preguntó: “Pero, ¿hemos perdido o qué?”. “No, majestad. Cartagena se ha salvado”. “Pues no se hable más del asunto”. De esta manera tan lamentable, se dio carpetazo a la historia de Blas de Lezo, que permaneció en el olvido durante muchos, muchos años.
Así que, punteros y punteras, ya vemos que nuestra historia la han escrito los ingleses.

5. Fernando VI y Bárbara de Braganza

Y ahora, FÁTIMA DE LA FUENTE nos presenta a Fernando y a Bárbara, una parejita estupenda, de los pocos que fueron felices y comieron perdices.
Fernandito era hijo de Felipe V (el rey que dio carpetazo a lo de Blas de Lezo) y María Luisa de Saboya. Era bajito, guapetón y enfermizo. Igual que su padre, estaba como una cabra. Tras la muerte de mamá, papá se casa con Isabel de Farnesio, la típica madrastra de cuento. La Farnesio aisla a Fernandito de su padre para favorecer descaradamente a sus propios hijos.
Y así crece sin pena ni gloria, hasta que papá deja el trono para dárselo al mayor, Luis I. Ya os hablaremos de él. Lo que nos importa ahora es que así, de un día para otro, a nuestro rey más breve le da por morirse de repente y sin descendencia. A los once añitos, Fernandito se convierte en todo un Príncipe de Asturias. Y, claro, hay que casarle. Después de cuatro años buscándole novia, le casan con esta joven de aquí, Bárbara de Braganza, princesa portuguesa. Es tan fea que no hay forma de conseguir que los portugueses manden el típico retrato de compromiso. A falta de pintura, el embajador en Lisboa escribe a Madrid contando un poco la cosa: Bárbara tiene la cara tan picada de viruelas que, por lo que se ve, su padre dice que le da pena que salga del reino cosa tan fea.
Cuando, por fin, mandan el retrato, el embajador advierte que se les ha ido la mano con el Photoshop. Además de disimular la viruela, han arreglado los ojos, la nariz y la boca, “facciones harto defectuosas”. Así que se confirma: Bárbara es fea como un demonio.
Como en las comedias románticas, la cosa no puede empezar peor. Según un testigo, a Fernandito no le gusta nada lo que ve. “La miraba como no dando crédito a lo que veía”.
Bárbara es dulce, inteligente y buena chica. Le gusta tanto la música que se trae a su profe, el italiano Doménico Scarlatti. Y así, poco a poco, va conquistando el corazón de Fernandito. Podemos decir que Fernandito y Bárbara son felices. Lo que pasa es que él tiene una tara. Una carta del embajador francés dice que “le falta naturalmente lo que por artificio se quita en Italia a los que se quiere hacer entrar en la música”. Lo que quiere decir es que Fernando tiene los testículos atrofiados. En la corte todo el mundo sabe que no puede tener hijos.
La Farnesio, la madrastra, les hace la vida imposible. Quiere que la corona acabe en manos de su Carlos. Y Bárbara es el único obstáculo para conseguirlo. Anda, que si le da por embarazarse… Así que no se corta ni un pelo, conspira todo el rato contra Fernandito y consigue que les echen de la Corte hasta nueva orden.
La nueva orden llega cuando muere papá. Fernandito se convierte en Fernando VI. Acuña un nuevo lema: “Paz con todos y guerra con nadie”. Bueno, con nadie, excepto la Farnesio, porque lo primero que hace es quitársela de encima, desterrándola a la Granja.
Liberado del aislamiento y de la Farnesio, se rodea de buenos consejeros y trae a España un largo periodo de paz y prosperidad. Podemos decir que Fernando VI es un buen rey. Bárbara sabe que no va a tener hijos. El protocolo dice que, al no ser madre de rey, cuando muera no podrá ser enterrada en El Escorial. Así que decide levantar su propio mausoleo: el Real Monasterio de las Salesas, donde hoy está el palacio de Justicia y la iglesia de Santa Bárbara. Una obra tan faraónica que el pueblo de Madrid le saca unos versos que cuelga en la puerta de la iglesia:

Bárbaro edificio.
Bárbara renta.
Bárbaro gasto.
Bárbara reina.

Dicen que, en su lecho de muerte, Fernandito la sometió a un auténtico calvario. Mientras la reina llevaba como podía los dolores de un cáncer de útero, Fernando seguía practicando el débito conyugal, así, sin cortarse un pelo. Igualico, igualico, que su difunto papá.
La muerte de Bárbara acaba con la poca salud mental que le quedaba a Fernandito. Se retira al castillo de Villaviciosa de Odón. Ya os hablaremos de Fernandito cuando vayamos a Villaviciosa. Por hoy, basta decir que el reino estuvo sin rey durante un año, porque Fernandito perdió definitivamente la cabeza.
Al no tener descendencia, la sucesión corrió a cargo de su hermanastro Carlos III, rey de Nápoles. Por fin, Isabel de Farnesio consiguió sentar a su hijo favorito en el trono de España. Pero esta es otra historia.

6. Estatua de Valle Inclán

El actor CÉSAR CAMINO nos espera delante de la estatua de Valle Inclán. Cada año, en el Día Mundial del Teatro, 27 de marzo, un grupo de actores y celebridades se reúnen ante la estatua para ponerle una bufanda blanca y hacer entrega del premio “Alfiler de la bufanda».
Esta tradición surgió en 1983 “como símbolo del reconocimiento de los autores españoles vivos a la vigencia de la obra de los autores de todas las épocas».
Valle Inclán tenía una imaginación desbordante y constantemente se inventaba historias, sobre sí mismo y sobre los demás. Por eso es difícil seguirle la pista a su biografía real. Después de perder el brazo en el café de la Montaña, en Sol, estuvo a punto de quedarse sin el otro como consecuencia de un corte de un airado contertulio. Valle­Inclán solía perder los nervios en las tertulias, y tenía a veces riñas desagradables. Tras una monumental bronca sobre la conveniencia de ir o no a Andalucía, Valle­Inclán insultó a un contertulio y le tiró una botella a la cabeza. Tras un jaleo enorme, Valle-Inclán apareció con la mano ensangrentada. Sangraba mucho.
Valle­Inclán no tuvo estatua ni en calles ni parques de Madrid, hasta que el Círculo de Bellas Artes encargó esta.

7. Cibeles 

Carlos III decía que Madrid, con sus siete colinas, era la nueva Roma, la nueva capital del mundo. Por eso quiso imitar los monumentos más emblemáticos de Roma. La Puerta de Alcalá, por ejemplo, se inspira en el Arco de Tito. Y el Paseo del Prado fue concebido como un circo romano. El lugar donde se celebraban las carreras de cuadrigas. En un extremo, la Cibeles, una de las diosas de la tierra con la que los romanos coronaban sus circos…
En el extremo opuesto, la estatua de Neptuno, el dios del mar, que también es típico de los circos. En principio, la Cibeles y Neptuno se miraban, no sabemos con qué intenciones…

8. Fuente de Apolo

Y, en el centro de la pista, el hermano pobre de Cibeles y Neptuno. La gran desconocida. La fuente de Apolo, pobrecita mía, que nadie se acuerda de ella…

9. Museo Thyssen Bornemisza

El Thyssen tiene el mejor recorrido por la Historia de la pintura que hay en Madrid. Y, posiblemente, del mundo. Un recorrido desde el siglo XIII hasta el siglo XX. Así que no podéis dejar de venir a visitarlo.

10. Basílica de Jesús de Medinaceli

Estamos frente a la Basílica de Nuestro Padre Jesús de Medinaceli. Se llama así por la imagen que vive en su interior. Y tiene una historia que lo tiene todo para hacer una película.
El Cristo de Medinaceli es una talla de madera de la época de los Austrias. ¿Qué aventuras pueden ocurrirle a una estatua de madera más allá de que la ataquen las termitas o se desconche la pintura?
En la época de Carlos V, unos frailes capuchinos llevaron la imagen a una ciudad de Marruecos recién conquistada. Durante el reinado de Carlos II, los musulmanes reconquistaron la ciudad y los cristianos salieron por patas y se dejaron la imagen allí.
El sultán de turno torturó la imagen y la arrastró por toda la ciudad. Era su manera de humillar a los cristianos. ¿Un sultán humillando a un Cristo y por tanto a todos los españoles? No hijo, no.
Un fraile trinitario habló con el rey y le dijo: “Carlos II, Carlos II, tenemos que recuperar al Cristo”. Primero se valoró volver a conquistar la ciudad. Pero parecía bastante chungo, así que se optó por la “otra” opción. Soltar pasta. Lo del Cristo fue lo de las pelis: “O pagáis o le vamos arrancando trocitos de madera”. En las pelis y con humanos suele ser un dedo o una oreja… Ante la determinación del sultán, se pagó el rescate y se trajo la imagen de vuelta a España más o menos intacta. Aquí se montó una gran fiesta.
Me alegro del resultado y de la fiesta y todo eso, pero vamos, si lo piensas, en el fondo, en el fondo, celebramos un chantaje.

11. Museo del Prado

JOSÉ SÁNCHEZ-CARRALERO, pintor, escultor y catedrático de pintura, nos habla de Velázquez y de su forma de pintar.
En el siglo XVII, la disputa entre dibujo y color ardía. Las meninas refutó a quienes defendieron hasta el momento la excelencia del dibujo sobre la fuerza de la pintura colorista. Velázquez pintó el cuadro para exhibir los infinitos recursos que poseía como pintor colorista, porque no hay en todo siglo XVII un cuadro comparable.
La superficie del lienzo parece un revoltijo de pinceladas que descoordinadas entre sí. Sin embargo, milagrosamente, una vez que das dos pasos atrás, todo está en su sitio.
Las meninas es un ejemplo no superado de maestría pictórica y una demostración de la inquebrantable confianza en uno mismo que se necesita para poner en solfa no sólo la jerarquía social de la corte española sino también los cánones del arte occidental.
Lo de la Cruz de Santiago no está nada claro. Velázquez intentó por todos los medios que se la concedieran. Sin embargo, su ascendencia desconocida (su sangre no podía ser judía ni conversa) imposibilitaba este hecho. La intervención del rey ante el Papa Alejandro VII posibilitó que Velázquez obtuviese la Cruz de Santiago en 1659. Sin embargo, en el cuadro de las Meninas (pintado en 1656) aparece con ella sobre su pecho… Se rumorea que fue el propio rey Felipe IV el que pintó la insignia en el pecho para darle la esperada noticia al pintor sevillano.
Ahora se dice que no hay nada pintado sobre el cuadro, que la cruz y el resto de la pintura son de la misma época.
Y, por cierto, dicen que el bigote de Velázquez inspiró el bigote de Dalí. Quien sabe…

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