Ruta por el Barrio de las Letras: Rivalidades, milagros y salseos del Siglo de Oro en Madrid

¿Sabías que Quevedo compró la casa donde vivía Góngora solo para darse el gusto de cobrarle el alquiler? ¿O que en el Ateneo de Madrid se llegó a votar la existencia de Dios y perdió por un solo voto? En esta ruta, David Botello recorre las calles del Barrio de las Letras para desenterrar los secretos mejor guardados de nuestros grandes escritores. Descubre dónde están (o no) los huesos de Cervantes y Lope de Vega , el lugar exacto de la primera proyección de cine en España y por qué a los madrileños nos llaman «gatos». ¡Dale al play y acompáñame!

David Botello presentando el programa El Punto sobre la Historia sobre la ruta del Barrio de las Letras en Madrid.

1.    Convento de la Encarnación

Estamos en el Convento de la Encarnación. Un convento que, como todos los conventos de la época, tenía túneles que comunicaban con los lugares relacionados con el poder. El túnel de la Encarnación llegaba hasta el antiguo Alcázar de Madrid.
En esos túneles han pasado cosas muy interesantes, pero la más interesante ocurre a la luz del día cada 27 de Julio.

2.    San Pantaleón

Entramos en el resbaladizo terreno de los milagros no reconocidos oficialmente por la Iglesia. Una vez al año, la sangre coagulada de San Pantaleón se licúa.
A Pantaleón se lo cargó el Emperador romano Diocleciano por no renegar de su fe cristiana. La tradición cuenta que lo quemaron, lo ahogaron, lo estiraron en la rueda y lo echaron a las fieras. De todo sobrevivía.
Hasta que el emperador dijo: “¿Queréis acabar ya, que he quedao?”. Y entonces le cortaron la cabeza. Ahí ya se quedó muerto matao. Desde entonces, y para conmemorar su martirio, su sangre se licúa puntualmente el 27 de julio.

3.    Estatua de Lope de Vega (de Mateo Inurria)

El Gran Lope de Vega. El tipo que en tiempos de Felipe IV escribió miles de obras y le dio tiempo a ligarse a miles de mujeres. Algún conspiranoico dirá que era alienígena, porque a mí no me salen las cuentas. En este caso la estatua tiene su propia guasa. La estatua de bronce tenía una fecha de inauguración: 1902. Y el autor, Mateo Inurria veía que no llegaba.
El pobre hombre tuvo que buscarse la vida y dijo: “Pues voy a hacer un apaño de yeso, le doy una capita de pintura y aquí paz y después gloria, hasta que termine la de verdad”. Al principio del día del estreno todo fueron aplausos. Peroooo, ¿qué pasó a continuación? ¿Eh? Efectivamente, Mateo Inurria no contaba con las lluvias primaverales, que fueron quitando la pintura y deshaciendo la figura del pobre Lope. La estatua de bronce por fin se inauguró en 1908 en la Plaza de Rubén Darío. Bueno, solo fueron seis años de retraso. ¡¡Si es que a los artistas hay que darles tiempo para hacer su trabajo!!

4.    El suicidio de Larra

En la Calle Santa Clara, vamos a los tiempos del romanticismo exacerbado. Ese siglo XIX español que algún historiador definió como “un follón”. Por allí deambulaba el peazo escritor Mariano José de Larra. Un tipo lúcido muy crítico con la sociedad de la época. Estamos aquí porque en este lugar Larra intentó suicidarse con todo éxito. A ver, tienes que ser muy torpe para pegarte un tiro en la sien y fallar. ¿Por qué se suicidó Larra? Por una razón muy clásica y muy en la línea del romanticismo. Por amor.
Aquella noche la amante de Larra, Dolores Armijo, fue a su casa a pedir que le devolviera sus cartas. Le dijo algo así como “Larra, no te subas a la parra, que me voy con un tío con más pelas”. Cuando acabó la visita, Larra se suicidó. Tenía solo 27 añitos. Un detalle: a Dolores le acompañaba su hermana.
La verdad es que Larra era de arrebatos, el tío. Años antes dejó los estudios porque se enamoró de una señora mucho mayor que él. Que, ojocuidao, resultó ser LA AMANTE SECRETOSA DE SU PADRE. Luego vemos los culebrones y decimos: “eso es mentira”.

5.    Primera proyección de cine en Madrid

Estamos en la Carrera de San Jerónimo. Confiemos en que San Jerónimo haya quedado entre los 3 primeros. Hoy el número 32 lo ocupa un centro de salud, pero en 1896 era el Hotel Rusia y aquí se hizo la primera proyección de cine en España. Fueron cortometrajes como “Salida de los obreros de la fábrica”, “La llegada de un tren a la ciudad”. Ya veis que era mucho de salir y llegar. También se proyectaron “El regador regado” y “Los baños de Diana”. Comedia y erotismo salvaje. Imaginaos el impacto que sintió esa gente al ver por primera vez a Diana darse un baño, que ya le haría falta.
En el edificio hay dos placas que conmemoran el hecho. Cada una da una fecha distinta. «14 de mayo», dice una; «15 de mayo», dice la otra. ¡Mira, no vamos a pelearnos por una tontería!
Había 6 sesiones diarias por el módico precio de una peseta. La gente pagaba para ver a Diana en el baño, no nos engañemos.

6.    Ateneo de Madrid

Estamos a las puertas del Ateneo Científico y Literario, una institución creada durante la guerra carlista para contribuir al desarrollo de las ideas en España. En aquel momento hacían falta buenas ideas, porque los españoles nos matábamos a miles.
16 socios del Ateneo han sido presidentes del gobierno español. Siempre es de agradecer que los presidentes salgan de aquí y no de… quetedigoyo… el “Club de adictos a las armas” o los “Cantores de Híspalis”.
En 1936 los académicos votaron la existencia de Dios. ¡Y Dios perdió por un solo voto! ¡Dios perdiendo unas elecciones! ¿Dónde se ha visto?
Desde entonces, hay una sala aquí dentro que es un sindiós.

7.    Casa de Cervantes

Don Miguel de Cervantes Saavedra vivió y escribió en esta casa. Ya sabéis, el Manco de Lepanto. Lo que tal vez no sepáis es que además de manco, Cervantes tenía otro pequeño problema de salud que le impedía desenvolverse con normalidad. Era tartamudo. Y, la verdad, «El Tartamudo de Lepanto» suena como flojuno.
La casa tiene una historia que explica cómo somos los españoles. A principios del XIX el dueño del edificio quiso tirarlo. Entra en acción un señor de nombre raro. Mesonero Romanos, un gran historiador de Madrid que alerta del peligro de destrucción de una joya histórica. ¡Se enteró Fernando VII! Ese rey que será siempre recordado con una pedorreta. Pero, como era de esperar no solucionó nada. La casa original fue derribada. España, siempre cuidando de sus ídolos.
Del lugar en el que vivió Cervantes vamos al lugar en el que está enterrado. Literalmente a la vuelta de la esquina.

8.    Convento de las Trinitarias

Aquí, LUIS LARRODERA nos habla del Convento de las Trinitarias. En este edificio fue enterrado Miguel de Cervantes en 1616.

  • Cervantes estuvo cautivo en Argel, y fue la Orden de los Trinitarios la que pagó su rescate. Para agradecérselo, siempre quiso descansar aquí.
  • Cervantes era más pobre que las ratas. Para que el entierro le saliera más barato, durante sus últimos días de vida se metió a monje.
  • Le enterraron con los hábitos franciscanos. Y luego, su cuerpo empezó a dar vueltas por el convento, hasta que se le perdió la pista.
  • Hace unos añitos se investigó si realmente los huesos de Don Miguel estaban aquí o no. El resultado fue concluyente: ¡Ni idea! Vamos, que estar, se sabe que están aquí enterrados.
  • Una cosa interesante de este lugar es esta inscripción con unos versos de la obra “Persiles y Sigismunda”. Vale. La placa es bonita y tal, pero sorprende que se le destaque por esa obra, y no por el Quijote. Y, además, contiene un error.
  • No es “SEgismunda”. Es SIgismunda. Parece poca cosa, solo es una letra. Claro que no es igual “Don Quijato de la Mancha”. O si al ruso Tolstoi le ponen una placa celebrando su obra “Guerra y Pez”.

9.    Casa de Góngora

En esta esquina hubo una casa que tiene mucho que ver con dos archienemigos. ¿Supermán y Lex Luthor? ¿Sherlock Holmes y Moriarty? ¿Batman y Joker? ¡NO! Hablamos de Góngora y Quevedo.

Góngora y Quevedo han sido, posiblemente, los escritores que más se han odiado en la historia de España.

Yo te untaré mis obras con tocino
porque no me las muerdas, Gongorilla,
perro de los ingenios de Castilla,
docto en pullas, cual mozo de camino.

Se pasaron así la vida, los tíos. Esto es para los que dicen que la literatura es aburrida. JESÚS CALLEJO nos habla de su relación.

  • El barrio se llama «Barrio de las Letras» por algo. Todos nuestros grandes escritores del siglo de Oro vivían aquí, en tres calles. Todos eran vecinos. ¡Eso sí, que nadie piense que eso significa que se llevaban bien! ¡No queremos ni pensar cómo era una reunión de vecinos!
  • Góngora y Quevedo llevaban años insultándose mutuamente. Con mucho arte y mucha mala leche.
  • En esta casa vivía Góngora. Y el cabrito de Quevedo va y compra el edificio SOLO para darse el gusto de cobrarle el alquiler a Góngora. Mira que me gusta Quevedo, pero hay ser cabrito…
  • Se pasaron años dedicándose poesías de ácido sulfúrico mentándose a las madres. Como siempre decimos, investigad un poco y leedlo porque vais a flipar. Veamos una secuencia de la película que se está preparando sobre estos dos.

10. Parroquia de San Sebastián

Llegamos a la iglesia de San Sebastián en la calle Atocha. Sólo con los archivos de esta iglesia podría contarse la Historia de España durante siglos.
Entre nacimientos, bautismos, bodas y defunciones por aquí ha pasado TODO EL MUNDO. A esta iglesia le pasa un poco como a mí: La fachada no es p’a matarse, pero hay mucha vida interior. Sí, tío, tengo que salir más. Según sus archivos, hay más de 2500 personas célebres relacionadas con este lugar. Aquí estuvo enterrado Lope de Vega. Decimos «estuvo» porque se cuenta que, al no renovar los pagos, alguien decidió retirar sus huesos. Aunque de eso habría mucho que hablar. Sabemos que está por aquí, pero mezclado con otros muchos indocumentados… ¡Qué le vamos a hacer!

11. Jacinto Benavente y Jardiel Poncela

Uno de los tíos que más admiramos es Enrique Jardiel Poncela, autor de obras como “Eloísa está debajo de un almendro”, “Los ladrones somos gente honrada” o “Usted tiene ojos de mujer fatal”.
En Atocha 26 vivió un autor totalmente distinto. Don Jacinto Benavente, premio Nobel de literatura en 1922. Y casi fiambre en 1925. Por culpa, precisamente, de Jardiel Poncela.
Al lorito. Jardiel llevaba un par de semanas ensayando una obra de teatro. A pocos días del estreno, el empresario del teatro le llama y le dice que el estreno se suspende indefinidamente, porque «se opone Jacinto Benavente».
Jardiel era muy gracioso, pero tenía lo que los científicos llaman “un pronto que p’a qué”. Se pasó la noche buscando a Benavente para intercambiar opiniones del tipo de “permítame usted que le parta la cabeza”.
Tras buscarlo por todos los cafés de Madrid se pasó la noche aquí esperando a que don Jacinto volviera a su casa. Alguien debió de avisar a don Jacinto del tipo: «no vaya usted a su casa que este hombre le quiere escribir un epitafio en directo». Afortunadamente, hizo caso. El propio Jardiel, años después, decía que hubo suerte y reconoció que, si lo pilla ¡lo desgracia!

12. Corral de comedias de la Cruz

Estamos en la Calle Espoz y Mina. Aquí estaba el Antiguo Corral de Comedias. TODAS las obras del Siglo de oro español se estrenaron aquí. Lope de Vega, Cervantes, Calderón. Todos estrenaron aquí. Pero vamos a contaros la historia de una actriz y un rey que mezclaron su ADN, digamos. El rey era Felipe IV, al que tal vez conoceréis como “El rey Pasmado”. Digamos que por su expresión así como de “¡Mira, esa nube tiene forma de arbolito!”.
Al rey le encantaba el teatro y venía aquí a ver todo lo que se estrenaba. Y puestos a pasmarse, se pasmó con una actriz bastante pechugona y de muy buen ver llamada María Inés, hija adoptiva de Calderón de la Barca, a la que todo el mundo llamaba La Calderona. Tenía la zagala 16 años y el rey dijo: “¡Várgame!”. Se hicieron amantes. La reina Isabel de Borbón ya os podéis imaginar que esto lo veía regular. Pero el rey pasmao le hizo a la Calderona un pequeño pasmaíto llamado Juan José de Austria. La Calderona acabó días como abadesa de un convento de Guadalajara. Aunque cuenta una leyenda que huyó del convento. ¿Cómo te has quedao? Topasmao.

13. Callejón del Gato

Y aquí estamos, en una callecita peatonal que es Madrid puro y concentrado. La calle Álvarez Gato, más conocida como Callejón del Gato. Voy a aprovechar la ocasión para contaros por qué a los madrileños nos llaman “gatos”. Durante la Reconquista, las tropas del rey Alfonso VI asaltaron la muralla árabe de Madrid. Un soldado escaló las murallas cual si fuera un artista de circo y fue decisivo para la toma de la ciudad. Como todo salió bien, empezaron a llamarle “Gato”. Yo casi que me alegro porque, por la misma razón, podrían habernos llamados “cabras montesas”. Y si llegamos a conquistar Madrid por túneles nos hubieran llamado “ratas”. Al Gato le dieron algún título nobiliario y puso nombre a toda su familia. Se supone que Álvarez Gato, uno de los poetas de la época de los Reyes Católicos, es uno de sus descendientes.
Pero si este callejón es conocido hoy es por sus espejos deformantes inmortalizados por Valle Inclán en su obra “Luces de Bohemia”. La estética del callejón es muy diferente a la que debió conocer Valle-Inclán. Los actuales espejos están colocados hace poco y están protegidos para evitar actos vandálicos. Los dueños del restaurante Las Bravas, situado en la misma calle, en el número 3, se encarga de la conservación de estos espejos, como ya hicieron sus abuelos desde 1933.

14. Teatro Español

Este es el Teatro Español, anteriormente conocido como Teatro del Príncipe. Lleva aquí 450 años. Temporada a temporada. Podríamos pasar 6 días contando historias que han ocurrido aquí. Pero vamos a centrarnos en una. La historia lleva un título muy teatral. “La reina que no sabía reír”.
María Josefa Amalia de Sajonia, una reina que venía de donde el jamón. Era la tercera esposa de Fernando VII. Una pobrecita que no sabía nada de nada de nada de nada… La pobrecita tenía, digamos, la inteligencia de un suelo de camping y el mismo conocimiento del mundo que puede tener… una pared de gotelé. Como el papel más importante de una reina es darle hijos al rey, cuando llegó el momento de la cosa, María Josefa le dijo a Fernando que ya, si eso, ella misma escribía la carta a la cigüeña. ¡Y no es broma!
Entre sus pocas luces y algo de tara que ya venía de serie, la reina no se reía jamás. Hasta que un día vino aquí. A este teatro. A ver a un actor llamado Antonio Guzmán. La reina vio la obra y ¡MILAGRO! Se partió de risa. ¡Vamos, en todo Madrid interrumpieron los informativos! ¡La reina se estaba riendo! El rey ofreció al actor lo que quisiera pedir. Pensad un momento en qué hubierais pedido vosotros… El actor pidió que la obra renovara una temporada más. Y le fue concedido, ¡faltaría!

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar