¿Qué hacen unas monjas momificadas bajo la puerta del Museo Reina Sofía? ¿Sabías que el barrio de Lavapiés esconde historias de cabezas cortadas y ejecuciones? En esta ruta, David Botello recorre el Madrid más castizo (y misterioso) para contarte los secretos de la Guerra Civil, el origen del «Guernica» y la increíble historia de un «paracaídas» humano en el Viaducto de Segovia. ¡Dale al play y acompáñame!

1. Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía
Estamos en el Museo de Arte Reina Sofía. Uno de los museos más importantes a este lado del rio Tigris. Antes de ser museo fue el Hospital de San Carlos. Había un montón de hospitales repartidos por la Corte y Felipe II los centralizó todos aquí. En 1980, antes de ayer, como quien dice, remodelan el edificio y allí aparecen unos esqueletos y un montón de instrumental hospitalario de la época de Felipe II. O sea, cadenas y grilletes.
De repente, empiezan a aparecer Poltergeist. “Venid tooodos a la luz. Sois todos bienvenidooos”. Todo eso. Los vigilantes nocturnos empiezan a decir que se ven 3 monjas impertérritas arrastrando rosarios. ¡Claro, que parece ser que encontraron tres monjas momificadas enterradas en la antigua capilla del hospital… ¡que siguen allí enterradas, en lo que ahora es la puerta principal del museo!
2. El «Guernica» y la anécdota de Picasso
Pero si el Reina Sofía es famoso por algo, es por otro de sus inquilinos: una de las mejores obras de arte del mundo que, a la vez, cuenta una página de nuestra historia. El “Guernica”, de Pablo Picasso, llegó a España en 1981 desde el MOMA de Nueva York. Es el testimonio desgarrador del bombardeo del pueblo de Guernica en 1937, durante la Guerra Civil, por la aviación alemana.
Para que os hagáis una idea, el Comandante de la Legión Cóndor, la que bombardeó Guernica, reconoció que se había portado “muy malamente”. Por cierto, era primo del famoso Barón Rojo. Como aquello fue tan brutal, los dos bandos de la guerra trataron de sacar tajada propagandista del bombardeo. El ejército nacional negó su participación en los hechos. Y el gobierno de la República contrató a Picasso para que pintara un cuadro que reflejara los horrores de aquel bombardeo. En 1940, con París ocupada por los nazis, un oficial alemán que contemplaba una foto del Guernica le dijo a Picasso: “Perdone Herr Picasso. ¿Es usted el que ha hecho esto?”. “No. Han sido ustedes”.
3. El origen de la Plaza de Lavapiés
Hay muchas teorías para explicar por qué nuestro barrio más castizo se llama Lavapiés. Carlos Osorio, autor de Lavapiés y el Rastro (Ed. La Librería), nos cuenta la suya. Hasta aquí llegaba mucha gente a Madrid, desde el sur, buscando una vida mejor. Al llegar, si no estaban aseados, no les dejaban entrar en las posadas. Por eso, para quitarse el polvo de aquellos viejos caminos, lo primero que hacían los recién llegados era lavarse los pies en un antiguo pilón que había en la plaza. De ahí su nombre. Así de sencillo.
Aquella forma castiza de hablar que tanto nos divierte en zarzuelas nació de la fusión de gentes que recibió Lavapiés. Lavapiés fue siempre un “barrio bajo”. ¡Que no se ofenda nadie! Se llamaba así a los barrios que estaban debajo del alcázar, que era la zona alta donde se alojaba la corte y los cortesanos.
4. El misterio de la Calle de la Cabeza
Durante el reinado de Felipe III, un gentilhombre tuvo el antojo de cenar una cabeza de carnero. Nos parece un poco excesivo para una cena, pero, ¿quiénes somos nosotros para cuestionar una leyenda? El caballero en cuestión compró la cabeza en El Rastro y la guardó bajo la capa sin darse cuenta de que tras él iba dejando un reguero de sangre. Un alguacil que le vio le dijo: “¡Alto ahí! ¿Qué lleva debajo dela capa?”.
“Solo llevo la cena”, dijo sacando la cabeza. Y, al ver lo que llevaba, al caballero se le puso el pelo verde. La cabeza de carnero se había convertido en la cabeza cortada de un señor indocumentado hasta hoy. ¿Por qué había una cabeza humana en lugar de una cabeza de carnero? Os preguntaréis. Fue un castigo divino. Años antes el gentilhombre le había cortado la cabeza a un sacerdote muy rico para robarle. Ya veis que “gentilhombre”, lo que se dice “gentilhombre”, no era…
Durante todo ese tiempo su crimen había quedado impune. ¿Qué ocurrió con toda esta historia? Como advertencia para la próxima vez, el caballero fue ahorcado. Totalmente. Para que no se olvidara este horrible crimen, Felipe III mandó esculpir una cabeza de carnero y colocarla en la fachada de la casa del cura. Años después, la Casa de la Cabeza dio nombre a toda la calle.
5. Los huesos del Metro en Tirso de Molina
En los años 20, cuando comenzaron las obras de excavación del metro de Tirso de Molina, algunos trabajadores, durante la hora del almuerzo, empezaron a escuchar gritos y lamentos de ultratumba. Miedito.
Los trabajadores encontraron, en efecto, un esqueleto humano emparedado tras un muro. Sacaron el esqueleto, pero los gritos de auxilio continuaron. Hay varias versiones para explicar este fenómeno. La más típica dice que quien gritaba era el alma del emparedado. Otros sostienen que hubo aquí una ermita a la que los madrileños acudían para purgar sus pecados. Muchos acabaron enterrados aquí. Los gritos serían las almas en pena que se quejan de las obras del Metro, que perturban su descanso eterno. ¡Atención, usuarios! Si no fuera por el ruido de los vagones, tal vez escucharíamos aún los lamentos de aquellos infelices.
6. La Plaza de la Cebada y el General Riego
Estamos en la Plaza de la Cebada. Aquí antiguamente se aventaba la mies… Ni idea de lo que hablo, ¿verdad? Aventar la mies es separar el grano de la paja, que ya no sabemos nada de cosas del campo. Después, la plaza fue un mercado de cereales. De ahí su nombre. La Plaza de la Cebada. También fue escenario de un montón de ejecuciones. Por ejemplo, la de Luis Candelas, que acabó sus días diciendo “Adiós, patria mía, sé feliz”. O del general Riego, al que también le dieron matarile en esta plaza.
Riego luchó en la Guerra de la Independencia contra la invasión napoleónica para defender a Fernando VII. Luego, cuando Fernando VII comenzó a reinar, se olvidó de sus defensores y empezó un régimen de terror y venganza. Riego dijo: “Fernandoooo, Fernadooo, que se te ve el plumero”. Y junto con otros militares se rebeló contra el rey.
7. Plaza de Cascorro
Estamos en la plaza de Cascorro. Vamos a conocer la Historia de un héroe que, a pesar de tener una estatua, no lo conoce ni Blas. Porque Cascorro no es un señor, Cascorro es un sitio. Este señor se llama Eloy Gonzalo, y Cascorro era un pueblecito de Cuba en donde se desarrolló uno de los capítulos más interesantes de la Guerra de Independencia de Cuba, donde él fue el protagonista, el héroe.
Eloy Gonzalo, fue un tipo sin suerte. Huérfano y abandonado a los 11 años, se buscó la vida en el ejército cuando fue mayor de edad. Todo iba más o menos bien hasta que pilló a su teniente haciendo maniobras militares con su chica. Eloy le dijo cuatro palabras. No se han conservado las cuatro palabras. Y acabó en la cárcel.
¡Y entonces Cuba proclamó su independencia! Así que España tiene que mandar tropas. ¿Qué hace Eloy Gonzalo? Dice: “Yo quiero ir para allá”. Se presenta voluntario, le sacan de la cárcel y le mandan a un destacamento que está en Cascorro. Lo que se encuentra allí es un poblado con 700 personas, con 170 españoles, la mitad enfermos de malaria, y poco después de llegar, dos mil cubanos, armados hasta los dientes, rodean la ciudad y conquistan un edificio que hay justo al lado, a unos 50 metros de las posiciones españolas. Y desde aquí les disparaban, les tenían fritos. Entonces había que hacer algo desesperado.
¿Se te ocurre qué hizo Eloy Gonzalo en ese momento? Se presentó voluntario, se armó con un rifle, una lata de gasolina y una cerilla. En la estatua vemos una antorcha porque entenderéis que esculpir una cerilla debe de ser mucho más difícil.
Entonces esperó hasta la noche, se ató una cuerda alrededor del cuerpo, que también podemos ver en la estatua, por si acaso la cosa iba mal, que sus compañeros pudieran tirar de él y recuperar su cadáver. Pero, por una vez en su vida, a Eloy Gonzalo le salió todo bien. Pudo salir sin que le vieran, consiguió quemar el edificio y, tranquilamente, se quedó fumando un cigarrillo, a la puerta, y según iban saliendo los cubanos, los iba disparando.
Aquí enseguida se convirtió en un héroe. Le dan una medalla, le dan una pensión vitalicia, pero el pobre tenía tan mala suerte que no pudo disfrutarla porque se murió en Cuba. Pero no le mataron las balas cubanas, le mataron los mosquitos.
8. Las corralas
Más o menos en la época de Eloy Gonzalo se popularizaron en sainetes y zarzuelas unos edificios populares llenos de chiquillos, chulapos y amoríos: las “Corralas”. Era uno de esos sitios en los que se hablaba madrileño castizo de “¿No t’a muela?”. Pos vamos a ver si se acoquina la circunstancia… Vamos a ver si jipiamos uno de estos sitios más castizos que el chotis: La Corrala de la Revoltosa.
9. Corrala de La Revoltosa
VICKY ZAZO nos cuenta que las corralas son un estilo típico de construcción puramente madrileño. Más que los chotis, que por cierto son escoceses. En el Madrid del siglo XI, estos inmuebles permitieron albergar a las numerosas familias llegadas a la capital en busca de trabajo. En esta llegaron a vivir más de 1000 personas. Muy bonitas en las zarzuelas, pero insalubres. Había dos cuartos de baño por planta. No más de 30 metros cuadradod por casa. Uno en cada esquina. La higiene era en barreños de zinc. La figura de autoridad era “La Portera”.
En los años 80 del siglo XX quisieron derribarlas, pero hubo una revuelta vecinal que las salvó.
10. Fernando VII y el cachondeo de la Puerta de Toledo
Aquí, le contamos a ISASAWEIS que la Puerta de Toledo nos va a venir muy bien para explicar cómo fue la primera parte del Siglo XIX español. En general, la historia avanza así. Un evento lleva a otro que lleva a otro… Pero la España del siglo XIX era más o menos así… Un caos. Un follón de siglo. Y la Puerta de Toledo nos va a ayudar a explicar cómo fueron los comienzos de este siglo XIX.
La idea de levantar un arco de triunfo fue de José Bonaparte, Pepe Botella para los amigos. Quería crear arco triunfal en honor de su hermano, Napoleón. Bajo la primera piedra se enterró una caja de plomo con monedas de José I, la Constitución de Bayona y otros documentos. Cuando salió por patas de Madrid, lo primero que hicieron los madrileños fue desenterrar aquella caja y sustituirla por otra que contenía la Constitución de 1812 (la Pepa), monedas de Fernando VII y cositas así. La Puerta ya no se levantaría en honor a Napoleón, sino que celebraba el triunfo contra el ejército invasor.
El fin de la Guerra de la Independencia devolvió el trono a Fernando VII, ‘el Deseado’. Menudo olfato tenían los madrileños para poner motes. En cuanto se sentó en el trono, Fernandito se olvidó de los ideales liberales del pueblo que le había defendido el reino, abolió la Pepa y desenterró la dichosa caja para sacarla de allí. No quería verla ni bajo tierra.
Tras el alzamiento del general Riego, que obligó a Fernando VII a jurar la Pepa, volvieron a meter la Constitución en la Puerta, aunque esta vez se colocó dentro del arco, junto a un documento con la jura de Fernando VII.
Tras el Trienio Liberal (y la llegada de los Cien Mil Hijos de San Luis), Fernando VII vuelve al absolutismo. Saca la caja con aquellos documentos ominosos y, en su lugar, coloca el Decreto que deroga la Constitución.
Aclaramos que así fueron los primeros años del XIX, y que la cosa fue empeorando.
11. San Francisco el Grande
San Francisco el Grande no siempre fue grande, pero siempre fue San Francisco. Según la tradición, el mismísimo San Francisco de Asís pasó por aquí y aprovechó el viajecito para fundar un convento franciscano en 1217. Hace 800 añitos de nada.
12. Maslama Al-Mayriti
EDUARDO KAVANAGH, director de la revista «Despertaferro antigua y medieval» nos habla del primer madrileño documentado. Su nombre completo es Âbû-l-Qâsim Maslama ibn Âhmad al-Faradi al-Hasib al-Qurtubî al-Maŷrîtî. En este nombre lo importante es ese “al-Maŷrīti”, que significa “el madrileño”.
Fue astrónomo, sabio y polígrafo hispano-árabe nacido en Madrid en el siglo X y que murió en Córdoba. Es probable que fundara en Madrid una Escuela de Matemáticas y de Astronomía, aunque este dato no es seguro. Lo que sí que es seguro es que fue uno de los intelectuales de mayor reputación del Califato. Se le llegó a conocer como el Euclides de España.
Fue un gran astrónomo. Resumió las tablas de Al-Juwarizmi y tradujo el Planisferio de Ptolomeo. Estos conocimientos se habrían transferido posteriormente a los reinos cristianos, sirviendo para construir los primeros astrolabios, como el de Barcelona (o de Destombes).
También fue el consejero astrológico de Almanzor, indicando los momentos oportunos en que debía empezar sus campañas, y se dice que pronosticó el fin del califato y los detalles de cómo iba a ocurrir mucho antes de que tales hechos pasaran.
13. Historia de amor en el viaducto
Alguien dijo que de Madrid se llegaba al cielo pasando por el Viaducto. Para entendernos, este ha sido desde que se inauguró en 1874 uno de los lugares favoritos para darse de baja de la vida. Cada salto tiene su historia, pero vamos a hablaros de un salto que se produjo en 1875. Una hermosa joven de familia bien se enamoró de un apuesto pero pobre aprendiz de zapatero. Parece el argumento de una zarzuela.
La familia bien de la chica bien por supuesto prohibió a su hija que se casara con el zapatero. Y la desesperación por no consumar este amor desgarrado llevó a la joven a lo alto del Viaducto. Si fuera una zarzuela habría una canción desgarrada en ese momento. Del tipo: “Saltaaaaaaaaando te digo adioos…”
La chica saltó desde lo alto del viaducto, pero oooh, milagro madrileño, parece ser que su falda se transformó en una especie de paracaídas, que, junto a alguna rama suelta, amortiguó su caída. El resultado fue solo un tobillo roto: (CANTA) “Todavía me maraviilloo por romperme solo un tobiillooooo”. Visto lo visto, la familia permitió la boda. El amor fructificó, porque, dicen, la mujer murió muchos años después al dar a luz a su decimocuarto hijo.