Vida de sudoku

No admitimos vuestras amenazas, dicen que dijo un etarra. Los rebeldes luchan por controlar Sirte. Crece el cine español y baja el extranjero. Han encontrado plutonio y agua altamente radiactiva en Fukushima. Alguien ha recortado del periódico el cupón para no sé qué chorrada de esas que regalan. Me voy dando cuenta de todo esto cuando leo cómo se juega al Sudoku, Complete los tableros, y trato de rellenar uno que lleva por número el 1827, Difícil. Ando rascándome la cabeza para acabar un par de tramas. Supongo que espero que la inspiración me pille trabajando, pero si llega en este momento me va a pillar completando tableros. Tengo que hacer miles de llamadas, tengo que acostarme antes de que sea más tarde, tengo que quitarle los cuentos a los niños, tengo que tender la ropa, tengo que sacar los platos del lavavajillas, tengo que escribir dos novelas, tengo que acabar un par de tramas, tengo que mantenerme informado, tengo que mostrarme solidario con el mundo, y yo me limito a leer cómo se juega al sudoku. Somos lo que consumimos, y yo ahora soy un sudoku a medio rellenar o un montón de pan untado con queso fresco que he tomado para cenar y ahora está bailando chuntachunta dentro de mi estómago. No quiero pensar en que el Helicobácter ha vuelto a mi vida. Por no pensar, no quiero ni siquiera pensar qué coño estoy haciendo aquí con el sudoku. Al fin y al cabo, quizá la vida consista en tratar de rellenar los huecos de ochenta y una casillas con números del uno al nueve. Así de simple o, como en el 1827, así de difícil.

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