Disfraces

Por la mañana me arranco como puedo de la complicada jungla resbaladiza de los sueños. Me levanto. Respiro. Estiro la cama de cualquier manera, me reinvento en la ducha, me pongo la ropa, el pantalón de ayer, una camisa limpia, una sonrisa manida de segunda mano o la cara de perro bien planchada, un jersey de punto por si refresca y una gabardina con los bolsillos zurcidos. Intento recoger aquí o allí algún resto del naufragio de la noche, una nostalgia de ayer, una experiencia, un trocito u otro de la vida, un recuerdo que me alegre la mañana ante la perspectiva de un nuevo día o que me toque los cojones cuando se le hayan cruzado los cables. Me duele otra vez la espalda, inequívoco argumento de que estas cuarenta y tantas primaveras que llevo a cuestas sobrecargan mis riñones de pasado y de disfraces.

Antes de meter el pijama debajo de la almohada y despertar a los niños, me atribuyo el vestido de padre para llevarlos al colegio. Luego, en el coche, me camuflo de profesional para dejarme las pestañas un poco más quemadas frente al brillo del ordenador, ocho horas sudando lágrimas por los ojos para no quedarme atrás en esta ceremonia enmarañada del talento. Al llegar de vuelta a casa, le doy un par de besos a los niños antes de que se me acuesten y me pongo para la cena el traje de gala de marido dedicado. A veces, cuando tengo tiempo, me pongo los mitones de escritor o las gafas de leer o la camiseta de recibir a las visitas o me echo encima la manta de ver la tele o la chaquetita de punto de no hacer nada. Otras veces, si la suerte me acompaña, me despojo de todos mis disfraces y me quedo en culipatos para compartir cama, cuerpo y amor con esta mujer que descansa a mi lado, que se hace un ovillo entre las sábanas y se amodorra o que me espera a corazón abierto con un brillo en los ojos. Solo entonces doy por acabado el día, el trabajo, los besos, el tiempo, la vocación, la charla y el amor, y me quedo dormido, ay, tan cansado, tan abundante, tan expuesto de nuevo a aquella complicada jungla resbaladiza del principio, que me dejo arrastrar en espiral hacia lo más profundo de mis sueños.

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