Archivo de la categoría: Cajón desastre

Mal de ojo

Lo que ciertamente me preocupa es que cada vez me duelen más los ojos. Umbral diría que es la prosa leída la noche anterior, que se queda ahí, cuajada, enconada en cada ojo, infectada bajo el párpado. El doctor De Pablo, un hombre de ciencia, más pragmático que Umbral, me dice que es el primer capítulo de la vista cansada de la crisis de los cuarenta. Yo estoy convencido de que es alguna idea mal parida, un aborto de pensamiento, un engendro mental que se ha desviado de su camino, que lucha por salir por donde puede de su estancamiento y ahora me golpea donde más duele.

«Escribir es una forma de que te quieran»

Esperanza Martín me hizo esta entrevista. Ahí va, en exclusiva, el texto original.

¿Cuándo decides o te das cuenta que te gusta escribir?
Estando en tercero de EGB, tuve un profe, don Alfredo, al que le gustaba mucho la Literatura. Intentaba motivarnos para que leyéramos y para que escribiéramos. Así que organizó en clase un concurso de poemas. Yo acababa de llegar al colegio, el Joaquín Turina, era el nuevo y me costaba relacionarme con mis compañeros, que llevaban juntos desde parvulitos (entonces llamábamos así a la Educación Infantil). Me daba mucha vergüenza participar en el concurso, pero era obligatorio. Así que me puse a escribir sobre un peregrino que se pasaba el día yendo de un sitio para otro, y no terminaba de encajar en ninguna parte. Supongo que así es como me sentía. Recuerdo que no me costó mucho; me limité a poner por escrito lo primero que se me iba ocurriendo, y me lo pasé muy bien. Cuando leí mi poema en clase, mis compañeros aplaudieron un montón. Votaron por mi poema y me llevé el primer premio. Entonces me di cuenta de que escribir es una forma de que te quieran.

¿Qué es lo primero que escribes?
De niño escribía poemas. De adolescente, escribía canciones, que es una forma más adolescente de seguir escribiendo poemas. Luego me dio por el teatro, una forma más elaborada de poesía, y escribí varias cositas en verso, por probar, antes de pasar a la prosa, que también he practicado. En la Facultad empecé a escribir cortos, que eran piezas de teatro en prosa para verlas en el cine. Luego empecé a trabajar en una productora de vídeo y me tocó hacer de todo un poco, entre otras cosas, guiones de vídeos corporativos y de programas de divulgación para teles locales. De ahí pasé a la tele, haciendo todo tipo de programas, y de ahí, a la ficción, haciendo series. Por el camino, la primera vez que me pagaron por escribir un libro fue un manual sobre técnicas de vídeo para aficionados.

Como guionista de televisión, ¿qué es lo que menos y lo que más te ha gustado?
Antes de llegar a la tele tuve que escribir (y locutar) un vídeo sobre unas prótesis para alargar el pene (jajajaja). A veces te toca hacer cosas raras, pero siempre son enriquecedoras.
En la tele, me gustó mucho participar en el primer ‘Gran Hermano’, poner mi granito de arena en la puesta en marcha de un programa como ‘Aquí hay tomate’, que ha marcado la forma de hacer televisión y, ahora, formar parte de ‘La Pecera de Eva’, que está inventando una nueva manera de hacer series.

¿Cuáles son los géneros literarios que te interesan y por qué?
Desde que tengo uso de razón, me ha encantado leer. Cuando era niño leía todo lo que caía en mis manos, sin filtrar: novelas que encontraba por casa, libros de poemas, revistas, tebeos, restos de periódicos que encontraba por el suelo… Luego descubrí el ensayo y la filosofía, que me encantan. Luego me volví menos denso, y empecé con la divulgación. Ahora han pasado unos cuantos años y sigo así, leyendo todo lo que puedo y con la sensación de que nunca es suficiente.
La profesión de guionista exige estar bien documentado de los temas que tocas, y eso hace que lea mucha prensa, mucha web, mucho libro técnico, mucho ensayo, mucha divulgación y mucho libro de actualidad.

¿Tienes algún escritor de referencia o del que hayas aprendido?
Aprender he aprendido con todos, los buenos y los malos. Los mejores, a mi juicio (y no por orden de importancia): Borges, Cela, García Márquez, Umbral; Valle Inclán, Walt Whitman, Machado, Benedetti, Miguel Hernández; Lorca, Aleixandre y la generación del 27; Bob Dylan, Shakespeare, Calderón, Woody Allen, Chejov, Homero, el autor anónimo de la Biblia, el Quijote, el Lazarillo, Quevedo, Galdós, Paul Auster, Houellebec, Murakami, Bolaño, Ortega, Camús, Chomsky, Capote, Lewis Carroll, Ruiz Zafón, Juan Antonio Cebrián, Huxley, Sallinger, Proust, Julio Verne, Melville, Juan Rulfo, Cortázar, Sábato, Kafka, Nabokov, Baroja, Scott Fitzgerald, Dostoiesky, Saramago, Steinbeck, Sartre, Isabel Allende, Bukowski, Dan Brown, Pablo González Cuesta (Pablo Gonz), David Zurdo… Como todas las listas, cuantos más elementos voy añadiendo, más miedo me da de olvidarme alguno, así que podemos dejarla así…

A la hora de escribir, ¿cómo te definirías?
Ecléctico, audiovisual y compulsivo. Eso antes de que lleguen las horas de reflexión y reescritura.

¿Has tenido que realizar muchos otros trabajos antes de escribir lo que te gusta? ¿Hay trabajos de los que no estés orgulloso?
Mi abuela crió a seis hijos. Cuando le preguntaban cuál era su favorito, ella extendía los cinco dedos de la mano y preguntaba: “Y tú, ¿cuál de todos estos [dedos] te arrancarías?” Me siento profundamente orgulloso de todos y cada uno de los trabajos que he hecho. Los libros, las obras de teatro, los poemarios, los programas de televisión, las series… son como los hijos de mi abuela.

¿Y cuáles te han gustado más o te han dado más satisfacciones?
La obra ‘Más Allá del Puente’ me ha dado la satisfacción de verla estrenada en Barcelona. La biografía de Luis Alfonso de Borbón cosechó un aluvión de críticas favorables. Conocí a un alumno de la Facultad de Historia que me contó, aunque no sé si es cierto, que un profesor suyo recomendaba el libro. Y ahora estoy en el equipo de guión de ‘La Pecera de Eva’, que es un referente en la ficción nacional, y ya hay productoras internacionales (México, Estados Unidos, Alemania…) interesadas en adquirir los derechos para producirla en sus respectivos países.

¿Qué dificultades has tenido a la hora de publicar?
El sector editorial no está pasando por su mejor momento. A la crisis económica se le une el terremoto de los libros digitales. Así que ahora me está costando encontrar una editorial que confíe en mí y que apueste por un proyecto de novela del que sólo llevo cincuenta páginas.

¿Cómo crees que se debería ayudar a los escritores noveles?
La verdad es que no tengo ni idea. ¿Qué es un autor novel? ¿Quién debe ayudarle? ¿Qué tipo de ayudas harían falta? ¿Subvencionar su trabajo? ¿Crear nuevas editoriales? ¿Más premios literarios?
Últimamente, cuando conozco a alguien que tiene algo que contar le digo que el talento está en la televisión (aunque los que están fuera nos intenten convencer de lo contrario).

¿Crees que los concursos y premios literarios son importantes para poder iniciar una carrera?
Mi experiencia en ese sentido es catastrófica. Después del concurso que organizó mi profe de tercero, nunca he vuelto a ganar un premio literario. Más de una vez han declarado desiertos los certámenes en los que he participado. Pero conozco gente que se ha abierto camino en el sector editorial ganando concursos.

¿Crees importante estar en contacto con otros escritores para mantenerte activo y tener más oportunidades?
Conocer a otros escritores te ayuda a conocer a otros editores. También resulta muy interesante leer los manuscritos de los amigos y poder enriquecerlos con algunas sugerencias (y viceversa, que los amigos te lean y te sugieran). A veces, los encuentros entre artesanos de la palabra activan la imaginación, te ayudan a desempantanarte y surgen nuevas ideas; lo malo es que, después de estas citas, todos tendemos a apropiarnos de la paternidad de las ideas (jajajaja).

Proyectos de futuro, ¿tienes muchos? ¿Cuáles?
Seguir buscando historias interesantes para contar, y encontrar la mejor manera de contarlas. Ahora tengo una idea para una novela histórica, un par de propuestas para proyectos de series, una nueva obra de teatro y, por supuesto, dos temporadas más de ‘La Pecera’.

Declaración de intenciones

Supongo que el verano me aturde en su versión descafeinada de aire acondicionado, piscina hambrienta, atascos insufribles y empacho de playa. La nieve de invierno, tan fría, tan demasiado pálida, tan insegura, solo me gusta desde lejos. La primavera está muy prestigiada (Ángel González dixit), pero me da alergia en la vista, en el olfato y en casi todos los sentidos. Me quedo con el otoño, que me deja a su paso esa extraña melancolía de la que a veces soy capaz de sacar partido.
Nunca he sabido encontrar a ese niño perdido, si es que alguna vez estuvo aquí dentro. No me gustan los carnavales porque me niego a disfrazarme. Siempre he preferido un libro malo a un juego divertido. Y, en cuanto a esta catástrofe de cuerpo avejentado, me duele desde que recuerdo. He sido un anciano prematuro que ya cojeaba en las películas de Superocho. Y ahora que luzco canas en la barba y que voy dejando más camino por detrás que el que me va quedando por delante, me doy cuenta de que estoy en el mejor momento de mi vida.
El mundo me ha prestado un par de ideas que me vienen muy bien para complicarme lo menos posible: sé que no voy a cambiar las cosas aunque puedo ser más generoso con los que me rodean. Sé que el buen rollo es tan contagioso como el mal rollo y que elegir cualquiera de los dos es una opción absolutamente mía. Sé que puedo someterme a los rigores del yo y de las circunstancias o tratar de plantarles cara. Sé que puedo sentirme agradecido o poco valorado. Sé que puedo elegir entre llenarme la boca con la palabra libertad o esforzarme por cultivar mis responsabilidades. Sé que siempre puedo elegir, siempre, aunque a veces parezca más sensato mirar hacia otra parte.
Hago lo que quiero. Tengo un trabajo que me gusta, que me pone en contacto con algunas cosas interesantes y me ayuda a comprender un poquito mejor al ser humano. Sé cómo divertirme durante mi tiempo libre sin pedir permiso a nadie. Tengo todo lo que me hace falta y algunas cosas que no necesito para nada. He dejado de sentirme culpable cuando me doy algún capricho. Ya no me importa lo que piensen los demás, porque ahora soy capaz de gestionar sin grandes aspavientos mi autoestima. He alcanzado una estabilidad emocional que me permite ser feliz con mi libro de familia.
Inexplicablemente, se me ha ido puliendo el alma con los años. Quizá sea cierto que mi alma ha tenido una alimentación más o menos adecuada o unos hábitos higiénicos saludables. El caso es que ahora puedo ver cómo ha crecido, se ha multiplicado y se ha tomado la molestia de darme algunos frutos.
La vida ha sido generosa conmigo.
Aunque supongo que tampoco importa demasiado.