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Sí, se me cae la baba

A Candela le ha dado por escribir. Acaba de ser seleccionada en un concurso de poemas por una obrita de doce versos que espero que me deje colgar aquí algún día…

De forma clandestina, aquí os dejo una muestra de su saber hacer, con un cuento que mi olfato de padre me dice que ya apuntaba maneras hace un par de años.

El bosque mágico

Candela Botello

20 de noviembre de 2009

 Érase una vez un pueblo que se llamaba Bartín. Ahí vivía Marta, una niña que siempre se portaba fatal.

Un día, sus padres le dijeron:

–   No vayas al bosque mágico.

–   ¿¡Qué hay ahí, que yo no puedo ir!?-, preguntó Marta.

–   Pues hadas, duendes, elfos y ogros.

La niña sentía curiosidad, y, a pesar de lo que le habían dicho sus padres, fue al bosque mágico. Se encontró ogros, hadas, duendes y elfos. La niña no tenía miedo, pues aquellas criaturas, malas y buenas, eran de cartón. Las hadas de verdad, cuando vieron a la niña, las pusieron allí para que no se asustara.

Las hadas estaban hartas de que la niña fuera tan curiosa. Al final, llamaron a todas las criaturas del bosque mágico, ¡a las de verdad!, para que asustaran a la niña.

Las hadas, los elfos, los duendes y los ogros del bosque rodearon a Marta. ¡Qué susto pasó al ver a todas aquellas criaturas! Se quedó muy sorprendida al ver a las hadas. Le gustaban mucho. Los elfos no le dieron ningún miedo. Los duendes sí le dieron miedo. ¡Pero los ogros, muchísimo más!

Cuando la niña los vio, salió corriendo.

– ¿¡P-p-por q-q-quééé n-n-no hice caso a m-mis p-p-paaadres!?-, se preguntaba Marta, tiritando de miedo.

Al llegar a casa, sus padres estaban un poco enfadados y muy preocupados por ella, pero la recibieron muy contentos, y Marta nunca más volvió a desobedecerlos.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Fin.

El arte de la sonrisa

No teníamos prisa. Una llovizna fina sacaba brillo a los adoquines de la plaza Mayor. Una pareja se dejaba llevar por los lugares comunes besándose bajo una farola. Un mexicano afincado en Madrid explicaba a su familia los dibujos de la Casa de la Panadería. Candela me cogía de la mano, lo descubría todo con sus ojos impacientes e intentaba entender qué hacían esos dos hombres vestidos de gato con una caja de cartón deshecha por la lluvia llena de monedas que brillaban. Cuando, por fin, me lo preguntó, no supe qué contestar. Tranquilo, papá, me dijo muy seria mientras me miraba a los ojos, No tienes que saberlo todo para que te quiera más. Y entonces me sonrió.

Me acuerdo muchas veces de aquella sonrisa. Y, cuando lo hago, pienso que si fuésemos capaces de exprimir cada minuto de la vida, de disfrutar cada segundo, no existiría el arte. Porque el arte es un intento patético de aferrarse a los recuerdos.